Aceptación, agua caliente 🚰 y otras lecciones inesperadas sobre los límites

Uff… otra vez más me envían una factura por un agua que nunca me trajeron.

Tengo una relación love–hate con la empresa Aqua Service.
Desde agosto, desde que contraté sus servicios, paso con ellos al teléfono mínimo una hora al mes.
Tengo un contrato bajo consumo: pago solo el agua que compro.
Pero su sistema no detecta mi “contrato raro” y cada mes me llega una factura.

Llamo. La anulan. Y al mes siguiente… otra vez factura.

Así, en bucle infinito.

La comodidad… y su precio

¿Y dónde está el love?, te preguntarás.
Pues mira: adoro tener agua caliente al instante en mi consulta. 
Adoro no tener que cargar garrafas desde Caprabo. La comodidad, ya sabes.

Pero… ¿a qué precio? Frustración constante. Facturas que no corresponden. Cuelgan el teléfono. Y mes tras mes, nada cambia.
De hecho, parece que va a peor.

La aceptación en lo cotidiano

Y aquí entra el tema de la aceptación.

Últimamente estoy profundizando mucho en ella.
En esa aceptación de:
– me toca estar en un atasco
– llueve sin parar y yo me mudé aquí por el sol
– las cosas no avanzan tan rápido como me gustaría

O cuando la otra persona está de mal humor y yo querría que estuviera tan bien como yo, para poder disfrutar del momento juntas.

O cuando mi hija ya no se despierta por la mañana con esa sonrisa de antes. Ya sabes… cosas de la vida. Muchas. Cotidianas.

¿Qué tiene que ver esto con Aqua Service?

Pues que hoy, después de gritar de frustración y de que la llamada se cortara por enésima vez, me sonreí a mí misma.

Porque entendí que no va (solo) de su sistema ni de su pésimo servicio de atención al cliente.

Va de mis límites. Y de mis prejuicios.

Mis prejuicios (sí, también tengo)

¿Prejuicios hacia una empresa que trae agua?
Ay… muchísimos.

Que si les doy mi número de cuenta, me van a cobrar cuando quieran
(tachán… ya está pasando).
Que quizá este tipo de agua es un “lujo” para mi pequeño negocio,
que todavía está creciendo y que no es momento para estos “caprichos”.
Que su atención al cliente —perdóname, lector español—
está muy por debajo de mis estándares.

Soy la no-orgullosa propietaria de todos esos prejuicios. Y claro… recojo lo que siembro. Así que… inhalo. exhalo. otra vez inhalo. otra vez exhalo.

Aceptar no es rendirse

Y le digo al universo:
ok, ok, ya lo entiendo.

Hay cosas que no puedo cambiar. Acepto este trato o pongo límites y me despido? Otra opción: suelto aquí y ahora mis creencias y entonces vuelve la armonía. Quizá exista alguna otra opción. Pero antes voy a enfriar la cabeza y a calmar esta rabia que hierve dentro de mí.

Me permito sentirla. La dejo pasar. Y luego gestiono la situación.

La mantra que empieza a calar

Al final, como llevo meses escribiendo en mi libreta
—y ahora sí, empieza a calar de verdad—:

Todo está bien tal y como está.
Todo está en perfecto orden.
Todas las circunstancias y acontecimientos suceden para mi mayor bien.

Volver cada día a esta mantra profunda de Louise Hay va creando en mí un espacio nuevo. Un espacio donde elijo salir del papel de víctima de las circunstancias y del “mal funcionamiento de esta horrible empresa” y elijo la acción consciente.

Suelto allí donde realmente no puedo hacer nada.  Dejo pasar la rabia y la frustración. Y traslado mi energía y mi esfuerzo a esos lugares donde sí depende de mí.

Y entonces descubro algo importante:
depende de mí mucho más de lo que pensaba. Aunque no siempre donde mi ego quisiera.

De la frustración a la acción consciente

Por eso, si sientes que llevas tiempo boxeando con lo mismo una y otra vez, te invito a probar algo sencillo:

Lee esta mantra cada día. Escríbela. O medita con ella. Observa cómo la vida, poco a poco, te va llevando de la frustración
a la acción consciente.

Y luego… cuéntamelo. 

Como cuidar tu energia