El Peligro Invisible de no Querer Sentir Nada

«Overthinking is merely the symptom of under-feeling.»

(Pensar de más es solo un síntoma de sentir de menos.)

Vi esta frase en una de las newsletters que me llegan al correo y sentí que daba justo en el clavo. Directa al corazón. Esto va de mí, lo sentí. Nunca antes se me había pasado por la cabeza que este exceso de pensar pudiera venir de no dar espacio al sentir. Para mí es un concepto totalmente nuevo, pero siento que toca el fondo del asunto.

¿Significa esto que, si me permito sentir más, mi overthinking se irá debilitando? Pero, ¿cómo se siente más?

Perdí mi capacidad de sentir más o menos a los 12 años. Observaba el «peso» de la vida: el matrimonio de mis padres, el de los padres de mis amigas, la vida en general. Y llegué a la conclusión de que este mundo es cruel. Decidí que nunca traería hijos a este mundo horrible, porque no quería condenar a nadie a ese destino. Y que a partir de entonces nada me afectaría, porque para no sentir todo el dolor que me rodeaba, decidía no sentir NADA. No me enamoraré, porque nadie me va a pisotear. No me comprometeré, porque me convertiré en esclava de algo. No mostraré que me importa, porque eso será mi debilidad y alguien la aprovechará. No me esforzaré por nada, para no vivir la decepción si no lo consigo. Muchas otras decisiones protectoras nacieron justo en esa etapa de mi vida.

¿Cuál fue el resultado? Quizá tú también lo conoces y ya lo sabes. Yo iba por la vida convencida de que me las había arreglado de maravilla, porque era libre y nada me importaba. En realidad me importaba todo: qué pensaba de mí mi jefa, si alguien me miraba demasiado rato, porque seguro que había dicho algo mal, si todos en mi equipo y en mi fiesta estaban a gusto. Delante de mí misma me hacía la dura, y por dentro hervía. Y de ese hervor probablemente nacía el torbellino de pensamientos. Interminable, extenuante, sin dejarme dormir. Intentos constantes de meterme en la cabeza de otra persona para sentir qué podía estar pensando de mí. Uf. Agotador.

Hasta que llegó el momento en que estaba cumpliendo uno de mis grandes sueños. Estaba sentada frente al Gran Cañón y no sentía absolutamente nada, solo vacío. Entonces entendí que mi estrategia de la infancia acababa de pasarme factura y que ya no la necesitaba.

¿Cómo volví a sentir?

Cuando empecé terapia y poco a poco fui «desbloqueando» mi corazón, me fui dando cuenta cada vez más del ruido en mi cabeza. De la inquietud que siempre estaba ahí para evitar el vacío. El silencio. La nada. Hoy, después de unos años, empiezo a echar de menos ese silencio. Cuando nada zumba, nada habla, no suena música. Oigo el rumor de las olas y las cigarras y me asiento en el presente. El spa más agradable para mi alma. Y qué difícil. Para llegar hasta aquí necesité soltar un montón de preocupaciones, miedos inexistentes y creencias limitantes. Ahora el silencio y estar aquí y ahora son mi espacio, mi oasis, donde me recargo, entro en razón, me detengo y dejo que la sensatez frene el torrente de pensamientos basura.

Por eso esta frase me impactó tanto. Cuanto más pensar, menos sentir. Antes sentir era peligroso. Ahora es mi oasis de calma, seguridad y confianza. Y pensar es necesario, a veces, en dosis más pequeñas y bajo el control de un corazón sabio.

¿Y a ti cómo te va con esto?

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